Una puesta de sol, como si fuera a quedarse
a quedarse colgada en ese tiempo inmóvil
que da paso al final de otro día.
He tardado años en volver a correr. En el alcornocal las zapatillas me llevaban por 28
kilómetros a ninguna parte. Los troncos eran como como un código de barras en
movimiento, como un túnel móvil, un movimiento sin paisaje.
Durante 4 horas los pensamientos pasaban como la vegeación (Te los presento:
alcornoques, quejigos, madroños, brezos) Los giros, algunos, descubrían el mar.
Calculaba hasta el anochecer, a veces me equivocaba un poco, hasta la noche. Luego
volvía al mundo de dimensiones soportables al que me había ido a vivir.
Cuando volví al descampado ya no pude correr, es polvo entre dos carreteras.
Me resistí lo que pude cuando el entrenador me dijo: correr o correr.
No lo entiende, que esta ciudad huele a tubo de escape y a mierda de perro. Que el
descampado no huele porque el polvo te tapona la nariz. Que no me importaría correr el
tiempo que quiera pero no soporto el paisaje. Me ha preguntado si me pasa también en
los ascensores (¡¿Se corre en los ascensores?!). Que por qué soy tan anarquista (¡¿?!!) Y
que no, que no hay alternativa para los grupos musculares, que ni nadando, ni en bici, ni
en elíptica ¡JOÉ, que es una mieeeeerda el aire! ¿Puedo correr sin respirar? ¿Y sin
mirar?… Bueno, vale, lo intento de nuevo.